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Intercambiando tiempos
¿No has pensado nunca en relacionarte con el mundo, con la gente, de otra manera que no sea en función del dinero o del provecho económico que puedas obtener? ¿No has sentido nunca el impulso de compartir o intercambiar tus conocimientos, tus saberes, o tus bienes libremente? ¿No has analizado nunca el por qué te ves lanzado a llevar una vida que no deseas llevar? ¿No sientes en tu interior que podría haber otras formas alternativas de interactuar y de vivir? ¿Y por qué no las exploras? ¿Por qué te no lanzas a desarrollar y experimentar todo eso que intuyes? ¿Crees que estás sólo? ¿Crees acaso que no hay nadie que comparta tu sentir?...

Solamente dispones de la vida que tienes en tus manos. Solamente dispones del capital de tu tiempo. Y ése lo vas agotando inexorable e inapelablemente. No lo malgastes en ocupaciones que no deseas, en trabajos que no te satisfacen, en pasatiempos inútiles. Ocúpalo en experimentar lo que tu corazón te insinúa, en explorar esos nuevos campos que la vida te ofrece.

Hay mucha gente que siente que la vida ha de ser otra cosa. Gente que si bien está de acuerdo en la prioridad de cubrir un mínimo de necesidades materiales para vivir, no cree que nuestra vida se reduzca a obtener más y más de dichos bienes. Gente que cree que en nuestra vida ha de haber tiempo para hablar y conocer a los demás, para intercambiar experiencias y vivencias, para aprender a abrir y a actuar desde el corazón, para explorar y experimentar con otros modos de actuar, para ofrecer y compartir en vez de sólo pedir, para jugar y reír y confiar en vez de desconfiar, fruncir el ceño y preocuparse.

Hay muchas formas de experimentar todo esto y la gente que cree en ello se organiza de muy diversas maneras. Pero lo más importante es darte cuenta de que has de moverte, has de cambiar algo en ti mismo para salir de esa inercia en que te ves metido. Y, a veces, para salir de ese estado se necesita un pequeño empujón.

Analicemos.
¿Te has fijado nunca en que una de las bases de nuestra sensación de aislamiento es la sensación de no estar bien donde estás, de que tienes que hacer algo distinto de lo que haces? ¿De dónde surge esa sensación? ¿De dónde procede?

Uno de sus orígenes es la idea implantada de que hay formas más valiosas que otras de emplear el tiempo. En lo profundo de nuestra mente nos han inculcado la idea de que hay ciertas actividades “mejores” que otras, de que existen ocupaciones, saberes, o lo que sea, más valiosos que otros. “Si te dedicas a eso serás un desgraciado, nunca tendrás un euro”, “Eso no produce nada. Más valdría que perdieras el tiempo en otras cosas”... esas coletillas tan conocidas heredadas de nuestros padres. Esa escala de valores en que cuantificamos las ocupaciones de nuestro tiempo la basamos exclusivamente en la mayor o menor posibilidad de generar dinero o poder. Hay ocupaciones que nos permiten ganar más dinero u obtener más poder y que, por tanto, son mejores o más deseables. Y hay ocupaciones que no “producen” nada y son rechazadas. Se origina un desplazamiento hacia un cierto tipo de “trabajo” mientras se margina a otros. Y entonces nos sentimos insatisfechos con la actividad a que nos dedicamos al compararla con otras que ofrecen “mejores” perspectivas de remuneración. Surge entonces en nosotros el deseo de “cambiar”, de “aspirar”, de “mejorar”.

Y cuando cambiamos, por un tiempo nos encontramos satisfechos, pero al poco, otras ocupaciones “mejores” vienen a enturbiar nuestra falsa paz. Y reemprendemos la carrera en busca de un “tiempo” mejor invertido que nos proporcione más dinero o más poder. Pero, ¿qué ocurriría si empleáramos nuestro tiempo en hacer cosas que realmente nos llenaran? ¿Existiría alguna diferencia entre tu forma de emplear tu tiempo y la manera en que yo empleo el mío? Los dos obtendríamos igual satisfacción. Serían tiempos igualmente valiosos.

De esta idea tan sencilla —mi tiempo “vale” igual que tu tiempo si ambos lo invertimos en ocupaciones que nos gusten, que nos llenen— han surgido en el mundo diversos tipos de asociaciones y agrupaciones en las que sus miembros ponen al servicio del colectivo porciones de su tiempo, de manera que los tiempos de uno pueden intercambiarse con los tiempos de otro de igual a igual. No hay “tiempos” más valiosos o “mejor” pagados. El tiempo que empleo limpiando una casa, arreglando un jardín, cocinando, “vale” tanto como el que pueda invertir dando clases, ofreciendo una consulta médica, trazando unos planos, o lo que sea. Siempre y cuando disfrute haciéndolo. El que yo sepa hacer algo es un don que se me ha dado y es exactamente igual de valioso que el don de cualquier otro. Es la astucia de la mente la que crea la desigualdad valorando al alza unos dones y a la baja otros. Dejando a un lado su corazón, el más dotado mentalmente manipula sus capacidades para obtener de ellas una valoración superior de su trabajo. Y así se establece la desigualdad inicial que genera ese movimiento de búsqueda futura. Pero no hay que olvidar que solamente haciendo aquello que a uno le gusta y para lo que se está dotado, se obtiene esa íntima satisfacción que nada puede reemplazar.

En estas asociaciones de intercambios de tiempo —llamadas “bancos de tiempo”, “clubs de trueque” o “clubs de intercambio”— puedes encontrar un lugar para experimentar eso que intuyes con otra gente que siente lo mismo. No son lugares donde satisfacer demandas o necesidades a “secas”. Son lugares donde das algo de tu propio ser a cambio de una porción del ser de otro. Ahí, el dinero o la valoración del servicio pierde su tergiversada función y recupera su sentido primitivo de nivelador de intercambios.

Cada asociación elige su manera particular de resolver el problema de la desigualdad entre tiempos recibidos y tiempos dados. Hay muchas formas de resolverlo: libretas de créditos, monedas sustitutorias, etc., pero todas ellas respetan la idea fundamental de igual valoración de los tiempos. Se suelen crean bolsas de ofertas y demandas de saberes y/o bienes, constituidas por las aportaciones de todos los asociados, que canalizadas a través de un boletín publicado con periodicidad variable constituyen uno de los sistemas de contacto e información entre todos los usuarios. Además, cuando uno va acostumbrándose a realizar esos intercambios se va dando cuenta que, en realidad, lo realmente deseado es el contacto humano, la relación personal, el crecimiento de cada uno a través de un sistema en el que se valora al ser humano por lo que es y no en función de sus conocimiento o capacidades adquiridas.

Otra posibilidad que ofrecen estos grupos de intercambio de tiempos es la de generar de sistemas de cooperación espontánea entre sus miembros. Debido a la interacción y continuo contacto entre sus componentes surgen de forma natural multitud de tareas en las que los conocimientos de unos se ponen al servicio de los otros en forma de talleres o actividades de grupo en los cuales se busca la satisfacción de una demanda simplemente por el placer de satisfacerla. Aparece el servicio como juego, como actividad lúdica y, poco a poco, entre todos los miembros va emergiendo un verdadero sentimiento de fraternidad, la auténtica amistad desprovista de todo interés económico. Uno aprende a no temer al otro, a abrirse, a jugar con él, a exponerse a él. Y de ello deriva el auténtico crecimiento del propio ser. La finalidad del vivir.

Recuerda que más allá de todas las metas que puedas formarte en la vida, más allá de todos los sueños e ilusiones que puedas forjarte, al final sólo retendrás aquello que hayas vivido. Sólo eso te quedará. Todo lo demás desaparecerá. Y vivir es estar vivo, experimentar la vida plenamente, en su totalidad. Huir de las seguridades y aventurarte en lo inexplorado. Solamente así podrás saber quién eres, solamente experimentando las posibilidades que van emergiendo de tu interior podrás descubrir aspectos de ti mismo nunca imaginados.

No hay soluciones finales, ni métodos maravillosos, ni revoluciones definitivas. Los pasos que damos, los caminos que elegimos, no tienen por qué tener una finalidad en sí mismos, ni por qué ser los mejores. Solamente obedecen a ese íntimo impulso interior de nuestro corazón que nos incita a explorar, a jugar, a abrazar, a reír, a gozar... sin rechazar nada, sin descartar nada, sin prejuzgar nada.

¡Atrévete! ¡Ponte en marcha! Escucha tu corazón y si te dice: “¡Juega!”, juega. Ten el valor de ser sincero contigo mismo. ¡Da el paso!

Hay otros que ya lo están dando.
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